Corpus Christi.

El sábado 5 de junio asistimos a la Misa presidida por nuestro Señor Arzobispo, Mons. José Luis Mollaghan, que culminó con la Procesión del Smo. Cuerpo y Sangre de Cristo, extendida en esta ocasión por algunas calles más, contiguas a la Catedral de Rosario.

Finalizada la celebración tuvimos la alegría de saludar a nuestro Padre y Pastor y recibir su Bendición junto a Miembros del Grupo de Oración y a la Juventud Eucarística. Doble alegría para los Jóvenes, que iniciaron de este modo la Jornada programada para este fin de Semana en el Convento.

A continuación transcribimos la Homilía de nuestro Arzobispo:

HOMILÍA DE CORPUS CHRISTI

Rosario, 5 de junio de 2010

Queridos hermanos:

Hoy celebramos la fiesta de Corpus Christi, del Cuerpo y la Sangre del Señor; y lo hacemos en el marco del año sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, y que pronto va a culminar.

El don de la eucaristía y del sacerdocio
A la luz de las lecturas que escuchamos, podemos decir, que la Eucaristía está íntimamente unida al sacerdocio de Jesucristo; y agradecemos a Dios por estos dones recibidos el Jueves Santo, por los que Jesús sacerdote eterno, da su vida por nosotros, y también la Eucaristía, que renueva su presencia y su ofrecimiento de amor, que alimenta nuestra vida.

Justamente, la primera lectura y el salmo responsorial que escuchamos nos hablan de esta íntima unión del sacerdote y la Eucaristía. El pasaje del Libro del Génesis (cfr 14,18-20) que leímos, hace referencia al Rey Melquisedec, que era "sacerdote del Dios altísimo", y por esto "ofreció pan y vino" (Gen.14,19). (cfr. Benedicto XVI, 3.VI.2010).

El salmo, a su vez, contiene el juramento de Dios al Rey: “Tú eres sacerdote para siempre…" (Sal 110,4). Vislumbramos con esta afirmación un anticipo de la figura de Cristo, el Mesías, que es también Sacerdote de la Nueva Alianza.

Pero su sacerdocio es aún superior. Es un sacerdocio nuevo, que culmina con su entrega en la cruz; y por su donación redentora, ofreciendo su vida por nosotros, y se transforma en mediador entre Dios y los hombres.

La Eucaristía es la fuente de la unidad y la comunión

Así como en la última Cena, Jesús dejó a sus discípulos el gran regalo de la Eucaristía, memorial de la entrega de su vida, alianza nueva y definitiva de amor; hoy junto a ustedes, queridos sacerdotes, vamos a renovar por la acción de Cristo sacerdote, su presencia eucarística entre nosotros, el sacramento de la unidad; fuente de nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.

Por la Eucaristía, somos llamados a ser uno en Cristo, y esta unidad es esencial en nuestra vida de cristianos; no porque seamos de una misma raza, ni por tener una misma cultura, ni las mismas profesiones, ni las mismas opciones. “Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan » (1 Co 10, 16-17).

Y como escuchamos en el Evangelio, a través de la multiplicación de los panes, Jesús nos alimenta con el pan que se reparte generosamente, y es signo del Pan de vida. Por la Eucaristía, Jesús nos une; por la gracia nos fortalece, y nos sostiene en la misma comunión, para ser su Iglesia.

Nos une el haber sido atraídos por Cristo, de recibir un solo bautismo, y de tener una misma fe; de compartir una misma verdad, una misma vocación de ser discípulos y misioneros; nos une el ser Iglesia, fruto de la Eucaristía, porque Dios hace de nosotros una comunión, y una verdadera familia; nos une, finalmente, el llamado a transformar el mundo, y ser testigos de su amor, viviendo la justicia, y la solidaridad.

La Eucaristía es el centro vital de nuestra vida

De este modo, la Eucaristía debe ser el centro vital de nuestra vida, capaz de saciar el hambre de felicidad:” Quien me come vivirá por mi” (Juan 6,57). En este banquete, participamos de la vida eterna, y así, nuestra existencia cotidiana se convierte en una celebración, y en una misa prolongada (cfr. DA 354).

Por ello, la adoración de este misterio no nos aleja de nuestra existencia, sino que nos acerca a ella. Precisamente cuanto más adoramos este misterio de la presencia del Señor, encontramos mejor el sentido de la vida, y nos acercamos más a la realidad.

Es Él quien nos hace conocer a Dios, y nos permite también conocer la vida. Sin Él, la realidad sería indescifrable, y la vida, sería un enigma inexplicable.

Y esto, queridos hermanos, porque hablamos del verdadero Dios, que es la realidad fundante, y no de un Dios hipotético; de Dios encarnado, de Jesucristo vivo, el Dios con nosotros, y no de un Dios alejado; de Dios con rostro sufriente, el Dios del amor hasta la cruz ( cfr. Benedicto XVI, Discurso, nº 3, 13.V.2007).

En una sociedad tan fraccionada, en la que predomina la división, y los enfrentamientos, y la inseguridad nos hace hasta desconfiados entre nosotros; queremos ser signo de unidad; llamados a vivir fraternalmente, a respetarnos y querernos como hermanos, privilegiando a los más necesitados.
La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y alimento espiritual, “es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia “(Ecc. De Euch., n º 9). De aquí que Cristo en la Eucaristía, el tesoro más grande de la Iglesia, debe estar en el centro de nuestra vida.

Los dones de Dios requieren una disposición adecuada

Para ello, siempre necesitamos en nuestro corazón, un cambio, y una transformación personal. Podemos decir que la Eucaristía es el eje central de nuestra transformación, capaz de renovar nuestra vida y la vida social: para que la violencia se transforme en amor y, la muerte se transforme en vida.
De este modo, la Eucaristía a la vez que nos redime, puede suscitar esta transformación interior y exterior que debe contar con nuestra respuesta personal.

Para que el amor se imponga al odio, y la vida triunfe sobre la muerte, es necesaria nuestra cooperación. Porque todos los dones de Dios requieren una disposición interior para producir sus frutos.

Adorarlo profundamente, y abrir los ojos para reconocerlo

La Eucaristía es nuestra alegría de hoy, la alegría de la Iglesia, ya que al adorar al Santísimo Sacramento, reconocemos la presencia real y permanente de Jesús, sumo y eterno Sacerdote.

Su presencia viva nos invita a vivir como Iglesia, a adorarlo profundamente como comunidad de salvación, ya que “tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad” (Ecc. De Euc. Nº 10); y también nos pide abrir los ojos para reconocerlo en los más débiles, en los más pobres, y en los enfermos, como siempre hicieron los santos, ya que también en el más pequeño y humilde encontramos a Jesús mismo.

Por eso, como nos enseñan los Padres de la Iglesia, así como hoy celebramos y adoramos a Jesús en el altar; no consintamos después verlo sufriente, o enfermo; con hambre o desnudo; necesitado o débil en nuestros hermanos (cfr. DA 354).

Quisiera que esta adoración de hoy, llena de alegría por su inmenso amor, sea para esta Iglesia diocesana y para todos sus miembros un motivo de alabanza, de gozo verdadero, de aprendizaje humilde, y una proclamación misionera de su redención; una sencilla confesión de fe y adoración humilde del misterio que celebramos; ya que adorarlo es el acto supremo de nuestro amor.

El nos asoció a todos en la unidad de su Cuerpo, por eso agradecemos a Dios por nuestros sacerdotes, que El ha querido llamarlos y elegirlos para continuar la misión que le encomendó a los apóstoles, misión de misericordia y perdón, de amor hasta la cruz.

María, que intercede por nosotros, nos guíe por el camino de la adoración de su Hijo Jesucristo, y transforme nuestra vida y nos haga vivir con esperanza.


José Luis Mollaghan.
Arzobispo de Rosario.


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