VEN ESPÍRITU SANTO!

Hoy es Pentecostes.
Hoy para nuestro Instituto es un día muy especial.
Para todo el Instituto, religiosas y laicos que compartimos esta bella misión.

Podemos hacer una analogía entre la situación de los apóstoles y aquellos primeros cristianos y la nuestra hoy, como miembros de esta pequeña porción de la Santa Iglesia.
Aquellos hombres y mujeres han perdido a su líder espiritual. El Maestro y guía ya no está físicamente entre ellos. Al hondo pesar y dolor de su partida se une la incertidumbre respecto al fututo: ¿Que haremos de aquí en más?...

Las charlas a solas con el Maestro en las les enseñaba los tesoros más secretos del Corazón del Padre parecen lejanas y un hálito de nostalgia envuelve el pasado que irremediablemente quedó atrás. Cómo no recordar el momento en que le pidieron que les enseñara a orar?... o cuando sentado en el monte, ante ante una gran multitud, pronunció el discurso más hermoso y radical que puede haber escuchado oído humano o cuando lo vieron bendecir y multiplicar el pan y alimentar a miles… Todo ha quedado atrás… La muerte puso fin a un tiempo único, irrepetible: el tiempo de la presencia física del hijo de Dios en la tierra... Tiempo que ellos, y sólo ellos habían tenido la gracia, el regalo, de compartir. Habían comido y bebido con El… Habían caminado con Él, se habían cansado con Él… Habían conocido la alegría de saberse elegidos para una misión y juntamente el vértigo ante lo que asumirla pudiera representar…

Tratemos de asomarnos un momento al corazón de aquellos hombres y mujeres… la huella que había dejado el Maestro en sus vidas era profunda, y era casi imposible sustraerse a seguirla (eso tienen los maestros: hacen camino en uno, dejan huellas marcadas, al punto que sin dejar de reconocerlas como tal, se las siente ya parte inseparable de nuestro ser… )

El corazón de aquellos hombres y mujeres oscilaría seguramente entre el deseo de lanzarse por caminos nuevos, y anunciar la buena noticia y la impotencia de sentirse tan limitados, tan frágiles, “tan pocos” para tanto… ¿cómo vamos a hacer?... ¿por dónde empezar? ¿Quién nos seguirá?...

Un día como hoy, Dios, de la manera que sólo Él sabe hacerlo, dio una única respuesta para todas las preguntas: El ESPIRITU SANTO!

Una respuesta que atraviesa los siglos y hoy, aquí y ahora, sigue resonando en nuestros corazones. El caminar de aquellos, luego de Pentecostés no fue el mismo… cómo no lo ha de ser el nuestro. La fuerza del Espíritu está en que no se deja atrapar, no se deja contener, no se deja enjaular… su fuerza está en la libertad… No sabemos de que manera se manifestará, pero sí tenemos la certeza de que está actuando en la historia, en nuestra propia historia, que si nos abrimos a su acción, si preparamos nuestro corazón con la oración y el ofrecimiento, será El quien guie nuestros pasos, como un secreto timonel del barco de nuestras vidas, en lo personal y también en cuanto obra de Dios.

Aquellos hombres y mujeres habían escuchado decir a Jesús que Él era el Camino, la Verdad y la Vida… Jesús ya no estaba entre ellos, pero el Espíritu Santo sería de ahora en más la fuerza que les permitirìapermanecer adheridos a El, unidos a Él. En el Espíritu Santo cada paso será por el Camino, por la Verdad, por la Vida, un andar hacia el Padre.

Nuestra Madre Fundadora, fiel en su seguimiento de Jesús y fiel a las inspiraciones del Espíritu nos ha dejado un camino en el Camino, que la Iglesia ha reconocido.
No la tenemos físicamente con nosotros aunque tuvimos la gracia de convivir y compartir varios años de su vida y escuchar sus enseñanzas que no son sino las enseñanzas del Señor y de su Iglesia. Hoy la invitación es a adherirnos por el Espíritu a ese camino que Dios ha regalado a esta pequeña porción de su Iglesia. Un camino que está y no está… que se abrirá ante nuestros ojos a medida de avancemos adheridos al Espíritu…

Un camino que nos necesita desprendidos, dóciles, moldeables… Miremos a María, recemos con María cómo nos enseñó nuestra madre Fundadora y pidámosle que el Espíritu Santo descienda sobre todos y cada uno de nosotros para que seamos lo suficientemente audaces cómo para dejarnos llevar por El y lo suficientemente prudentes como para no salirnos del camino.

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